Las Condarco, una cita ineludible

lunes, noviembre 30, 2009 | | 0 comentarios


Daniel Link y Ariel Schettini conversarán públicamente sobre literatura, política, vida, moda y fait diverses, a propósito del arrollador suceso de sus libros Fantasmas. Imaginación y sociedad y El tesoro de la lengua. Una historia latinoamericana del yo.
Miércoles 2/12 a las 19 en Eterna Cadencia. Entrada libre y gratuita.
.

El otro de Tolstói

miércoles, noviembre 25, 2009 | | 0 comentarios

.
Corre 1978. Se respira aún en el ambiente un aire entre triunfalista y heroico promovido por el monumental despliegue de un relato épico nacionalista, construido y difundido por la última dictadura militar alrededor del Mundial de Fútbol “Argentina '78”, pero consentido, aprobado y hasta cierto punto celebrado por una porción no menor de la sociedad argentina. En ese contexto, Jaime Rest, que viene de recibir continuas amenazas por parte de la Triple A durante el gobierno de Isabel Martínez de Perón, que ha visto en 1976 la paradójica prohibición de Tres autores prohibidos y a quien ese mismo año la dictadura le ha abierto una causa judicial (bajo la Ley 20.840) por “Actividades subversivas”, se elige desconfiando de los textos legitimados [consagrados], sobre todo porque desconfía de los modos de legitimación. Propone leer los “otros relatos”, es decir, aquellos en los que cree posible reconocer el intento de una “incisiva disección de una sociedad en la que el encubrimiento y la simulación se han convertido en exitosos sucedáneos de autenticidad moral y de espíritu crítico”, pero que también –y al mismo tiempo– permiten pensar el carácter artificial de los relatos [sociales, literarios] y finalmente poner en cuestión hasta qué punto también la monumentalidad de los relatos se rige por una preceptiva que apuntala un verosímil alrededor del cual esos relatos se establecen no sólo como posibles sino también como efectivos y hasta cierto punto deseados.
Frente a esos relatos hegemónicos, que extraen su valor en gran medida de la extenuada repetición [lógica impositiva de la Doxa] del relato monumental de la Cultura y no de su actualidad, Rest piensa a Tolstói en la multiplicidad de esos relatos “menores” que aquellos relatos espectaculares [legitimados] parecen marginar pero que tienen y mantienen, como diría Deleuze, un linaje subterráneo con experiencias narrativas como las de Michel Butor, Alain Robbe-Grillet o Samuel Beckett. El ciclo de nouvelles y cuentos tolstoianos señalados por Rest como merecedores de una revisión crítica pasa por La vestisca (1856), La sonata a Kreutzer (1889), El diablo (póstumo, 1911), El padre Sergeii (1898) y La muerte de Iván Ilich (1886). En esos relatos “menores” de Tolstói sugiere “intentar una relectura de nuestros días”, ya que son ésos y no los consagrados los que traducen más intensamente los signos de “nuestra plena actualidad”. Siendo ellos mismos “modelos de concepción artística”, revelan otros “niveles de significación” y en ese sentido traducen una “singular agudeza” a la hora de presentar un “enfoque de la existencia humana”, cuya “vitalidad resulta sorprendente”.

El texto completo en No-Retornable vol. 4, nov. de 2009.

.

En un papelito, pegado al televisor

viernes, noviembre 20, 2009 | | 0 comentarios

"Hasta nuestros dias se ha confiado en los periódicos como portavoces de la opinión pública. Pero muy recientemente, algunos nos hemos convencido, y de un modo súbito, que no gradual, de que no son en absoluto tal cosa. Son, por su misma naturaleza, los juguetes de unos pocos Hombres ricos. El capitalista y el editor son los nuevos tiranos que se han apoderado del mundo.Ya no hace falta que nadie se oponga a la censura de la prensa. No necesitamos una censura para la prensa. La prensa misma es la censura. Los periódicos comenzaron a existir para decir la verdad y hoy existen para impedir que la verdad se diga."

Gilbert Keith Chesterton, 1917.

Horacio Potel sobreseído

jueves, noviembre 19, 2009 | | 0 comentarios

He aquí las fojas de un fallo tan auspicioso como inesperado [ver foto]. El sobreseimiento de Horacio Potel (a quien, bajo ninguna circunstancia, habría que considerar más ni menos héroe que aquellos anónimos que habilitan un link para la descarga de un disco inconseguible) por orden del Ministerio Público Fiscal es sin duda un buen comienzo -que esperemos no se frustre en apelaciones de la editorial en instancias judiciales superiores- en lo que ya empezaba a vislumbrarse como primer movimiento en una suerte de caza de brujas. De todos modos, como bien suele decir una lúcida analista política, entre el fallo judicial y la justicia se abre siempre un abismo insalvable.

Bienvenido vos

martes, noviembre 17, 2009 | | 0 comentarios



Ni rápido ni lento. Ágil, silencioso, sutil como un gato, apoyando sigiloso la suela de las alpargatas caras en la misma línea de mosaicos una vez cada tres, el hombrecito flaco va y viene de una punta a otra de la sala. Es una suerte de rito profano, acaso destinado a algún método mnemotécnico. Lo repite en silencio, maquinalmente, acompasando la respiración, hasta que me ve, apoyado sobre el hombro contra una pared lateral, lejos de los flashes, viéndolo. Se planta en seco, mi mira a los ojos y se me acerca decidido. “—Vos te hacés el boludo pero me estás siguiendo.”, se le dibuja una mueca de risa en la cara seria. “—Acá hay como cien personas. Es una presentación. Y vos sos tan invitado como yo.”, le sonrío. “—Tenés razón.”, dice y me hace correr hacia el rincón para apoyar las yemas de los dedos flacos en el vidrio del ventanal. No pregunto qué hace. Mira fijo entre los dedos, entre las rejas, entre los árboles, entre la gente. “—Crespi.”, dice. “—¿No me vas a empezar a joder con el chiste de la ka, no?”, me apuro. “—¿Qué chiste?”, dice. “—Deja, no importa”, prefiero no recordar nuestro encuentro en una controvertida reunión de Carta Abierta. Despegando los dedos del vidrio, me hace enseguida una seña para que lo siga hasta uno de los sillones de hierro ya abandonados por la gente que se acomoda en una sala mayor. La figura escuálida del tipo se mece delante mío y veo que el bolso cruzado que colgaba de sus hombros está abierto: sobresalen unas hojas oficio cargadas de garabatos ilegibles. Voy a sugerirle que lo cierre cuando, después de repetir mi nombre, empieza a canturrear: “—Por su sabor exclusivo / y siempre igual / Crespi es muy especial / Crespi Seco / Crespi Seco / custodiado por expertos”. Contornea sobre las nalgas huesudas hasta acomodarse entre los almohadones mullidos. “—Se lanzó a comienzos de los setenta y llegó a tener el 80% del mercado de vinos comunes de argentina. En las provincias se llamaba Facundo, pero era el mismo vino. La Bodega La Esmeralda. ¿Qué me contás, qué tul con la memoria, eh?”, se pasa la mano por la cara estirándose la piel. “—Mi viejo hacía siempre el chiste ante el jingle que pasaban en la radio (‘Llegó Crespi seco’): ‘¿Recién llego y ya saben que llego seco?’, decía.”. Veo su rostro congelado en la expresión posterior al estire de la piel. “—Lo tuyo no es el humor, pibe. Date cuenta”, dice sin siquiera mirarme.
“—¿Vamos?”, sugiero. Asiente con la cabeza y caminamos hasta la boca de la sala repleta pero antes de entrar me manotea del hombro. “—Quedémonos acá, Crespi. Ahí sobramos.”, vuelve a sonreír. “—¿Lo leíste? ¿Qué te pareció?”, en el bolso todavía abierto se asoma el libro que le pasé esa mañana en La Giralda. “—No lo leí. Lo hojeé nomás, por arriba. La tapa es linda, picante.”, se apura a decir. “—¿Tan malo te pareció?”, repregunto. No responde enseguida. Se asoma para ver quién es el que habla en nombre de la editorial, pero no lo conoce. “—A su manera es bueno. Me mandó derechito a “Bienvenido, Bob” —respira profundo—. Algo me sonaba. Al releer me di cuenta que hacía bien en no desconfiar de la memoria”. Mete la mano en el bolso y tira el libro sobre la mesita que nos separa. Casi tira el jarrón que hay encima pero ni cuenta se da porque, asomado en la arcada, campanea el cambio de orador en la sala. “El susodicho éste —apoya el dedo la sangre salpicada en la tapa—, sintetiza en 130 páginas algo que Onetti dice largo y mal en dos renglones”. Vuelve a pasarse la mano por la cara pero esta vez las yemas de los dedos corren por la piel desde las sienes hasta las cuencas de los ojos y se detienen ahí un momento apretando levemente los párpados. “—Puede que tengas razón”, digo pero mi voz desaparece en el aplauso que se desata adentro. Paso por delante suyo y me asomo para ver mejor. Uno de los oradores dice lejos del micrófono algo y sonríe. Los aplausos caen cerrados de nuevo sobre el silencio provisorio. Él, la espalda apoyada en la pared fría, me mira mirar. “—¿En qué te quedaste pensando, Krespín? —percibo en su voz, nítida, la “k” poco más que arrancada del fondo del paladar—. Te gusta, ¿no? —señala con el dedo el escote rebosante de la ‘escritora’ que viene hacia nosotros¬— ¿Se te krespa el krespito, Krespín?”. “—¿A vos no?”, lo apuro. “—¿El mío? No, ya no —me susurra, lascivo, al oído—. No digo que sea radical; pero sí que, como el Chacho, ya no quiere lola”.

Publicado en Nexo. Artes y Culturas, N° 31, Noviembre de 2009.