Las Condarco, una cita ineludible
Miércoles 2/12 a las 19 en Eterna Cadencia. Entrada libre y gratuita.
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El otro de Tolstói
Corre 1978. Se respira aún en el ambiente un aire entre triunfalista y heroico promovido por el monumental despliegue de un relato épico nacionalista, construido y difundido por la última dictadura militar alrededor del Mundial de Fútbol “Argentina '78”, pero consentido, aprobado y hasta cierto punto celebrado por una porción no menor de la sociedad argentina. En ese contexto, Jaime Rest, que viene de recibir continuas amenazas por parte de la Triple A durante el gobierno de Isabel Martínez de Perón, que ha visto en 1976 la paradójica prohibición de Tres autores prohibidos y a quien ese mismo año la dictadura le ha abierto una causa judicial (bajo la Ley 20.840) por “Actividades subversivas”, se elige desconfiando de los textos legitimados [consagrados], sobre todo porque desconfía de los modos de legitimación. Propone leer los “otros relatos”, es decir, aquellos en los que cree posible reconocer el intento de una “incisiva disección de una sociedad en la que el encubrimiento y la simulación se han convertido en exitosos sucedáneos de autenticidad moral y de espíritu crítico”, pero que también –y al mismo tiempo– permiten pensar el carácter artificial de los relatos [sociales, literarios] y finalmente poner en cuestión hasta qué punto también la monumentalidad de los relatos se rige por una preceptiva que apuntala un verosímil alrededor del cual esos relatos se establecen no sólo como posibles sino también como efectivos y hasta cierto punto deseados.Frente a esos relatos hegemónicos, que extraen su valor en gran medida de la extenuada repetición [lógica impositiva de la Doxa] del relato monumental de la Cultura y no de su actualidad, Rest piensa a Tolstói en la multiplicidad de esos relatos “menores” que aquellos relatos espectaculares [legitimados] parecen marginar pero que tienen y mantienen, como diría Deleuze, un linaje subterráneo con experiencias narrativas como las de Michel Butor, Alain Robbe-Grillet o Samuel Beckett. El ciclo de nouvelles y cuentos tolstoianos señalados por Rest como merecedores de una revisión crítica pasa por La vestisca (1856), La sonata a Kreutzer (1889), El diablo (póstumo, 1911), El padre Sergeii (1898) y La muerte de Iván Ilich (1886). En esos relatos “menores” de Tolstói sugiere “intentar una relectura de nuestros días”, ya que son ésos y no los consagrados los que traducen más intensamente los signos de “nuestra plena actualidad”. Siendo ellos mismos “modelos de concepción artística”, revelan otros “niveles de significación” y en ese sentido traducen una “singular agudeza” a la hora de presentar un “enfoque de la existencia humana”, cuya “vitalidad resulta sorprendente”.
En un papelito, pegado al televisor
"Hasta nuestros dias se ha confiado en los periódicos como portavoces de la opinión pública. Pero muy recientemente, algunos nos hemos convencido, y de un modo súbito, que no gradual, de que no son en absoluto tal cosa. Son, por su misma naturaleza, los juguetes de unos pocos Hombres ricos. El capitalista y el editor son los nuevos tiranos que se han apoderado del mundo.Ya no hace falta que nadie se oponga a la censura de la prensa. No necesitamos una censura para la prensa. La prensa misma es la censura. Los periódicos comenzaron a existir para decir la verdad y hoy existen para impedir que la verdad se diga."
Horacio Potel sobreseído
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Bienvenido vos
“—¿Vamos?”, sugiero. Asiente con la cabeza y caminamos hasta la boca de la sala repleta pero antes de entrar me manotea del hombro. “—Quedémonos acá, Crespi. Ahí sobramos.”, vuelve a sonreír. “—¿Lo leíste? ¿Qué te pareció?”, en el bolso todavía abierto se asoma el libro que le pasé esa mañana en La Giralda. “—No lo leí. Lo hojeé nomás, por arriba. La tapa es linda, picante.”, se apura a decir. “—¿Tan malo te pareció?”, repregunto. No responde enseguida. Se asoma para ver quién es el que habla en nombre de la editorial, pero no lo conoce. “—A su manera es bueno. Me mandó derechito a “Bienvenido, Bob” —respira profundo—. Algo me sonaba. Al releer me di cuenta que hacía bien en no desconfiar de la memoria”. Mete la mano en el bolso y tira el libro sobre la mesita que nos separa. Casi tira el jarrón que hay encima pero ni cuenta se da porque, asomado en la arcada, campanea el cambio de orador en la sala. “El susodicho éste —apoya el dedo la sangre salpicada en la tapa—, sintetiza en 130 páginas algo que Onetti dice largo y mal en dos renglones”. Vuelve a pasarse la mano por la cara pero esta vez las yemas de los dedos corren por la piel desde las sienes hasta las cuencas de los ojos y se detienen ahí un momento apretando levemente los párpados. “—Puede que tengas razón”, digo pero mi voz desaparece en el aplauso que se desata adentro. Paso por delante suyo y me asomo para ver mejor. Uno de los oradores dice lejos del micrófono algo y sonríe. Los aplausos caen cerrados de nuevo sobre el silencio provisorio. Él, la espalda apoyada en la pared fría, me mira mirar. “—¿En qué te quedaste pensando, Krespín? —percibo en su voz, nítida, la “k” poco más que arrancada del fondo del paladar—. Te gusta, ¿no? —señala con el dedo el escote rebosante de la ‘escritora’ que viene hacia nosotros¬— ¿Se te krespa el krespito, Krespín?”. “—¿A vos no?”, lo apuro. “—¿El mío? No, ya no —me susurra, lascivo, al oído—. No digo que sea radical; pero sí que, como el Chacho, ya no quiere lola”.
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